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lunes, 8 de marzo de 2010

Yo pensaba que ni siquiera me escuchaban.

Como estoy tan ocupada; ocupadísima, cuando llega el viernes no puedo con mi alma. Aunque pongo el despertador a las cinco de la mañana, el viernes me desperté a las ocho menos cuarto. ¡Jesús María y José! Mi cuerpo que tarda en coger ritmo, mi cabecica como siempre dando la tabarra. Ni zumito, ni café con tostadas sentadita viendo cosillas en intené… el día echao, vaya. Una ducha rápida el modelaje sin estudio y a la calle. ¡Fatal desenlace!
En ocasiones y debido a mi incontinencia verbal, les comento a mis alumnos/as batallitas de mi recóndita experiencia. Unos días antes les había relatado con cierto tono de reproche, que en mis tiempos de estudiante (Colegio de monjas):
1º Entrábamos en fila, después de cantar el himno del colegio.
2º Cuando entraba el profesor a la clase, ya estábamos todas sentadas en nuestros pupitres nos poníamos en pié con diligencia y saludábamos convenientemente.
3º Cuando nos pasaban lista teníamos que levantarnos a la vez que exclamábamos con ímpetu; SERVIDORA, VIVA LA DIVINA INFANTITA.
Ahora yo llego la primera. Tengo que esperar a que se saluden entre ellos. Y cuando tienen a bien; empezamos la clase. Lista, paso yo de forma visual, no es cuestión de interrumpir sus afectos matutinos.
Bien, el viernes y sin que sirva de precedente, cuando llegué ya habían tenido lugar todos sus ritos. Estaban todos sentaditos y cuando entré ¿que creéis que hicieron?... Sí, se levantaron y vitorearon sin pudor ¡Servidores Viva la Divina Infantita!
¿No son un encanto?